domingo, 24 de febrero de 2013

La fábula de los tres hermanos.



Hubo una vez,tres hermanos.
Hubo una vez,también,en el que el primero de ellos se armó con un pequeño y viejo saco de cazar,metió un paquete de pastas,dos manzanas y una gran cantimplora con agua,besó a su familia,y decidió encaminarse por la vereda.Pues su lugar ya no estaba allí. Pues ya era un hombre,hombre que deseaba ser autosuficiente,queriendo buscar nuevos lugares inimaginables,queriendo comprobar cada cabo y descubrir cada roca.
A cada paso,estaba atento,con ojo avizor,siempre con el rostro sudoroso volcado hacia el suelo,al igual que una tortuga nadando en el océano. Tierra,rocas,césped. Recorrió muchísimos lugares.
Pero llegó un momento,en el que pensó,que quizás debería disfrutar de las vistas. De que,quizá,debería mirar el hacia arriba,sin tener que cuestionarse por qué a veces,las gotas bañaban sus rostro,sin ser las gotas del sudor. De que quizá,seguiría estando aquel cielo azul del que tanto había disfrutado de niño,jugando,cuando todavía no era un hombre. La duda tiñó sus ojos cansados,y cuando intentó enderezar su cuello,se percató...de que aquella actitud le había convertido en esclavo de su propia precaución,y el cuello jamás se le enderezaría.
Siguió caminando,siervo de sus errores,sin dejar de mirar sus botas golpear la tierra,y hacer de ella polvo,a pesar de su corta visión.
Y en su vejez,entendió, que ojo que no mira más allá,no ayuda al pie.


Hubo una vez,en la que el hermano cuya edad pendía entre la de los otros dos,quiso seguir el ejemplo del anterior,como hacen todos los hermanos. Cogió un atillo,se lo cargó al hombro, y con apenas dos latas de atún y tres naranjas,se despidió de su familia,sonriente.
Sus preocupaciones se veían absueltas,pues sus zapatos los llevaban por la vereda,siguiendo entre valles y colinas,pero la vista se ceñía al horizonte,y su mirada, inteligente,no cesaba de apuntar allí.
Pero este nuevo hombre,tan listo,no advirtió la piedra,el hoyo que pendía bajo su pie. Y tropezó,tropezó y tropezó, una y otra vez,levantandose,lleno de magulladuras y cortes que cada vez sanaban más tarde y aumentaban en sus piernas,sus brazos,y su alma. No dejó de mirar al frente,asustado,pues se dio cuenta de que su vista sólo le permitía mirar más allá.
Nunca llegó a ninguna parte,se convirtió en un fantasma errante y perdido,por su propia estupidez.
Pues ojo que no mira mas acá tampoco fue.


De los tres hermanos,el pequeño partió al amanecer de un día nubloso y encapotado. Se había despedido muy triste de sus padres,con lágrimas en los ojos,sabiendo que aunque no quisiera,tenía que dejarlos y fundar una familia. Así que siguió el ejemplo de sus dos hermanos mayores,y se encaminó por la vereda.
Tan,tan asustado estaba,que su cuerpo temblaba sin cesar bajo el aguacero. Una de su pupila,azul como el mar al que deseaba llevar,se encontaba mirando hacia arriba,hacia el cielo,sin perder la vista del vuelo de cada pájaro y cada parapente. La otra,centraba su vista en la tierra,húmeda y caliente,que pendía bajo su caminar.
Y,sí,recorrió el mundo el que más.
Pero,desgraciadamente,llegó un momento que su corazón,martilleante,se volvió loco,a cada instante que seguía su andar,la figura oscura y bella de una doncella se le acercaba,susurrandole que fuera a sus brazos.
Y él,junto con su mirada extraviada,en su loca vejez,se marchó con ella.
Y le hizo saber que ojo puesto en todo ya ni sabe lo que ve.

                                               Este relato está inspirado en la canción de Silvio R.
                                                                                            Gracias por leerlo.



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